
Mientras quede una compañía aérea en pie, habrá que seguir volando, pero nadie olvida el primer día en que cogió un avión tras el accidente de Barajas.
Un mes después de la catástrofe de Spanair, el comandante Martín de Air Europa se dirige al pasaje con una amabilidad sobresaliente –”permítanme que me presente”–, al tiempo que su Boeing-737 se encamina hacia la pista de despegue de Son San Joan, rumbo a Madrid. El piloto se gana de inmediato la fidelidad de los viajeros, pero también él es consciente de la especial sensibilidad de las fechas. Por eso, remata la despedida protocolaria,“disfruten del vuelo”, con la coletilla“relájense”. A nadie se le escapa el tono de la recomendación.
Los pasajeros le toman hoy el pulso a cada vibración del aparato. A la obsesión se le suma el remordimiento implícito de que nunca hemos estado tan pendientes de otra persona como lo estamos de nuestro avión. Incluso los más precavidos, o especialmente ellos, se sienten traicionados porque el desastre de Barajas desoyó las plegarias de los viajeros, más sinceras en el aire que en cualquier templo terrenal. Por eso, mi vecina de asiento ha reforzado las medidas de seguridad. “Yo rezaba cuando ya habíamos despegado, ahora lo hago cuando entramos en la pista”.
Miles de pasajeros comparten a diario el recuerdo del avión que no despegó. Finalmente, con la ayuda de un comandante experimentado, las sesenta toneladas metálicas admiten el eufemismo ingrávido de pájaro.
Y cuando felizmente el avión aterriza en Barajas, los pasajeros premian con un aplauso espontaneo el trabajo del piloto, y mi vecina de asiento, vuelve a rezar, para dar gracias al cielo, por seguir viviendo en este mundo que, a pesar de todos sus inconvenientes, ninguno queremos abandonar.
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