
Esto no lo he escrito yo.
Lo ha escrito una profesora de Literatura, española de treinta años, con la que me identifico completamente con su comentario.
Desde luego si fuera hijo mio, no se hubiera presentado a recoger un Oscar con esa facha de " desastrao". Al menos hubiera ido bien afeitadito.
TU SI QUE ERES UN IMBECIL
Aunque Javier Bardem fuera el último hombre del mundo, creo que no sería capaz de repoblar el planeta con él. Me repele, me parece un tipo mascachicles de mandíbula brutal, de esos a los que para que se acercara a mí tendría que pasarle primero el estropajo, porque a mí me da que tiene pinta de guarro, de lavarse poco, de marrano.
Como siempre pasa en estas cosas, lo malo de hablar de ellas es que les das a quien las inicia lo que quería y es publicidad. Con esa entrevista con la que nos ha sorprendido recientemente este tipo diciendo que el público español es estúpido, seguramente sólo pretendía lo que ha conseguido y es que se hable de él incluso en los telediarios. A mí, personalmente, siempre me ha parecido un perfecto cretino del que he obviado sus cualidades como actor, sencillamente, porque me parece desagradable de mirar, porque tiene cara de bestia, cara de bruto. No me gusta, y punto y si le han dado un Oscar y eso ya presupone que es un buen actor, entonces no entiendo por qué el criterio norteamericano es tan válido para unas cosas y para otras no.
A mí lo que opine este señor de mí me importa cero, igual que si sale con Penélope o con Scarlett. Me importa muy poco también si no contestas a los reporteros en los aeropuertos, sencillamente porque sus opiniones o sus proyectos me importan muy poco. Me trae al fresco la prensa del corazón. Nos esperan días de escuchar hablar de Bardem, de lo dignísimo que es porque no habla de su vida privada, porque no vende exclusivas y tiene derecho a la intimidad. Por mi parte, él tiene la misma dignidad que todo aquel que vende exclusivas o aquel que se deja a veces sí a veces no fotografiar. Es un personaje público y causa interés a personas, quién sabe por qué. El tema de la libertad de los famosos me parece que está agotado, la verdad. Que cada cual haga con su vida lo que le de la gana y, del mismo modo que nadie tiene derecho a violar a una prostituta porque en un momento determinado decide vender su cuerpo, nadie tiene derecho a molestar constantemente a otros porque un día salieron en portada con sus retoños. Pero va con el cargo, señores, aguantar ciertas cosas.
Por mi condición de docente, por ejemplo, no puedo presentarme, qué se yo, a Gran Hermano (y os aseguro que me encantaría, me iba a reír un montón con tanto ignorante y tanto bicho al que cortarle las antenas con una cita bien dicha y un par de palabritas) porque luego repercutiría en mi trabajo. Los chicos se cachondearían de mí, sería el hazmerreír del instituto. Pues ellos, lo mismo. Yo hago top less y a nadie excepto a los maromos de al lado les importa, yo entro y salgo con y con quien quiero, ceno, meriendo o paseo. Y eso que la vida social de mi trabajo –como en todos los que se dan cita colectivos mixtos en convivencia- da para muchas y jugosas murmuraciones que, por cierto, también me importan bastante poco. Es más, a mí es que me gusta dar que hablar –si fuera famosa, más- , porque demuestra que el que habla, comenta o critica tiene una vida tan pobre y tan aburrida que necesita la mía, divertidísima y envidiabilísima para que su mediocre existencia tenga sentido. Y como por el mundo hay tanta existencia anodina, tanta oscura mediocridad, por eso importa tanto lo que diga ese señor que hace películas y tiene cara de animal.
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