Paseo por un barrio céntrico y fino de mi querida ciudad, con farmacias que conservan sus centenarias estanterías de botica ilustre, con fachadas rehabilitadas que demuestran que antaño los ricos a lo mejor también lloraban pero tenían mejores casas, calles con arboles donde anidan las tortolas y los estorninos, con hornos limpios de sello familiar que huelen a empanadilla casera y rosquilleta recién fabricada.
Se respira, en esas calles trazadas a base de tiralíneas, una cierta armonía parisina.
Pero no dura mucho la paz, mientras paseo pensando en mis cosas.
De repente, el factor humano, fastidia el entorno.

Los berridos de un niño histérico estallan con una fuerza sobrehumana y se escuchan, seguramente, al otro lado del Turia. Parece que le estén despellejando, torturando, tal es la intensidad de su bramido.
Le veo, a él y a su madre. Pero no, el nene camina lloroso y chepudo al lado de su progenitora y esta no le despelleja ni le pone la mano encima, le ignora.
El niño, seis o siete años, semblante congestionado, arrebatado por las sacudidas de una violencia interna que le estremece, se queja porque mamá no le ha concedido un capricho golosinero. Y entonces, temblando de pura ira, entre sus alaridos de perfecto energúmeno, le suelta a su madre: “¡Puta!”
Mami ni se inmuta, sigue caminando con esa bola gritona a su vera. Él insiste: “¡Eres una puta…Puta., puta, puta…”
Cuando se cruzaron conmigo seguía con su letanía y tuve ganas de decirle a la madre: “Oiga, señora, o le tapa la boca con esparadrapo o le arrea una colleja terapéutica, pero esto no se lo debería permitir ”
Pero me callé, no era mi problema.
¿Quien era yo para inmiscuirme en la forma de educar a ese niño?
Ambos vestían ropa cara y vivían en ese barrio. Nada de lumpen, pues, en sus biografías.
Estoy totalmente en contra de la violencia fisica, y sobretodo con menores, me horroriza ver a un adulto pegarle a un niño.Sea rico o sea pobre.
Pero en las chabolas, como le faltes el respeto a un mayor, te meten dos leches y así aprendes.
Quizá sea otra forma de educar, más analfabeta, más criticable, más incorrecta politicamente, pero los niños no llaman “puta” a la madre.
Me quedé con un sentimiento indescriptible, no sabría explicar todo lo que pensé y sentí en unos segundos.
Lo inmediato fue ¿qué estamos haciendo mal, para que un mocoso que lo tiene todo insulte a su madre?
Con lo felices que serían tantos niños del mundo, de estar en su lugar, niños que carecen de lo más esencial, y este sin darse cuenta de la suerte que tiene, se permite ponerse así por una chuchería?

Lo siguiente fue pensar que me estoy haciendo mayor, porque empiezo a ver algo positivo en aquella educación más estricta y reaccionaria que privaba en mi juventud, contra la que siempre me he rebelado.
Quizás, nos hemos esforzado tanto por darles a nuestros hijos lo que no tuvimos, que se nos olvidó darles lo que si tuvimos.
Por supuesto sin llegar a los extremos de antaño, cuando el padre te fulminaba con la mirada (no era mi caso), pero creo que el respeto a los padres, es algo incuestionable que hay que recuperar y enseñar a los niños desde parvulitos.
¿Que opinais? Que pienso así porque me estoy haciendo mayor......y renegona.....o que tengo un poquito de razón?