
El paso del tiempo genera desconfianza y escepticismo porque las cornadas que da la vida van moldeando el carácter hacia el descreimiento.
A ciertas alturas casi todos hemos recibido ese par de puñaladas en mitad de la espalda y, desde aquellas cuchilladas, observamos lo que sucede con otra mirada mucho más recelosa.
En los Presupuestos Generales del Estado se contempla, según he leído por ahí, una partida de 4.300 millones de euros en materia de cooperación.
Un buena suma, creo yo.
La discusión no giraría en torno a si debemos ayudar o no a otras tierras que están mucho peor que nosotros, lo interesante sería averiguar si esas ayudas sirven para algo y, sobre todo, si desembocan en proyectos que luego se aprovechan o si finalizan en los bolsillos del sátrapa de turno, del corrupto habitual, o del espabilado del poblado.
Por decirlo de algún modo, ¿ese dinero se controla o no? Yo no lo sé, pero sí me resulta chocante ese factor de lejanía al cual somos tan propensos en asuntos caritativos.
También ignoro el motivo por el cual solemos despreciar a la pobreza que sobrevive junto a nosotros. Se conoce que ayudar al pringadillo de al lado luce menos que colaborar con uno que vive a miles de kilómetros, cuando yo sospecho que la miseria no entiende de fronteras ni de banderas ni de razas.
Aquí, en Valencia, encontramos una institución centenaria de probada eficacia, nuestra Casa de la Caridad , un lugar que ofrece comida, cobijo y ropa y que ha notado un aumento de visitantes por culpa de la crisis. Bueno, pues efectúan ejercicios de verdadera alquimia para conseguir una modesta financiación que les permita calentar los estómagos de nuestros cada vez más numerosos sin techo.
Sí, por supuesto, ayudemos al hambriento del tercer mundo, pero tampoco olvidemos a nuestros propios famélicos porque entonces caemos en una flagrante injusticia. Se trata de repartir los recursos empleando sensatez.
Y como dice el refran popular "La caridad bien entendida, empieza por uno mismo"
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