
¿Conoceis el cuento de Peter Pan?
¿No os encanta el personaje de Campanilla?
Campanilla solo tiene un fallo, comete el grave error de sentirse celosa de la petarda de Wendy.
La pobre Campanilla ha pasado al imaginario colectivo como la alegoría de los celos, capaz de traicionar a su amado Peter Pan porque no le dedica especiales atenciones, centrado en la ñoña de Wendy, con su recatado camisoncito azul.
No sólo existe el síndrome de Peter Pan –padecido por hombres narcisistas e inmaduros- sino también el de Wendy, que se siente imprescindible y con constantes deseos de concederle todos los caprichos al niñato malcriado que, sin referentes femeninos válidos, busca en la niña a una mamá que le cuide y satisfaga sus caprichos y exigencias.
Campanilla es esa parte de nosotros que hace cosas insospechadas de las que siempre acabamos arrepintiéndonos, la que dice aquello que deberíamos callar.
Aunque Campanilla sea muda, yo le doy voz y voto, porque me encantan sus piernecillas regordetas y su cinturita de avispa, su ceño fruncido y su coletita bien alta, marcando estilo ( que sólo algunas mujeres privilegiadas son capaces de llevar con dignidad), y representa a nuestra parte infantil que pervive, que se enfada y se irrita cuando olvidamos, como adultos, que la vida, sencillamente, es como es y no como nos gustaría que tuviera que ser.
Campanilla me parece que representa a todas las mujeres valientes y apasionadas del mundo, a todas las mujeres que se meriendan a Wendy y a Peter Pan pero que se mueren, irremediable y lentamente cuando alguien deja de creer en ellas, entonces, piensan que no existen y se marchitan, con su coletita despeinada, en el País de Nunca Jamás…